¿Diciendo ‘hola’ a un hogar incompleto?
Parece que hoy las personas encienden la televisión
solo para alejarse más de la realidad. Aprietan un botón, se enciende un
rectángulo de luz y todo alrededor de la televisión se borra. Pero al frente
del televisor, envueltos en la luz mortecina que emite el aparato, se supone
que siempre hay seres humanos. Antes eran familias enteras. Hoy, más que todo,
son personas solitarias o parejas aburridas. Solo piensa un instante: ¿con
cuántas personas veías televisión hace 10 años y con cuántas ahora? Eso que ha desaparecido
con el tiempo junto a tu sillón, al pie de tu cama o en el comedor, se llama familia.
Imaginen una casa en la que el único punto en común
de una madre y sus dos hijos sea el corredor en el que a veces se encuentran.
Siempre apurados, siempre pensando en lo que deben hacer, diciéndose, apenas,
un desinteresado “buenos días”. Eso, definitivamente, no se llama familia.
Y no es que todos necesitemos de la presencia
constante de nuestros familiares para sentir que todo va bien. Es más, las
mujeres agradecemos quitarnos de encima la mirada de un padre que nos diga lo que
podemos o no podemos hacer; las mujeres preferimos no oír el matoneo de un
hermano que se cree con derecho a opinar sobre si tenemos, o no, unos buenos senos o un trasero grande, que
nos haga sentir que nos hemos desarrollado bien, (¡Hágame el favor!). De ahí
para abajo, cualquier sobreprotección es ‘paila’. No es eso de lo que estoy
hablando aquí.
Imaginen, en cambio, un hogar donde sus miembros
solo se reúnen para comer y tienen la boca ocupada con comida todo el tiempo. Engullir,
engullir, engullir, sin siquiera saborear el trabajo de la madre que ha
cocinado… Si es que hoy tiene tiempo y ánimo para cocinar. ¿Se sentiría como
algo familiar? ¿O como un restaurante lleno de personas anónimas?
Es en serio. La gente prefiere quedarse encerrada
en su habitación viendo en sus celulares tutoriales de cómo cortar un mango,
una fruta que en realidad pueden detestar, en lugar de cenar en familia. También podemos aprender a maquillarnos, a
cambiarnos el color de pelo, en fin, a profundizar en nuestra superficialidad.
En esta generación se puede decir que no somos
infelices del todo, pero tampoco felices. No expresamos mucho. Ya ni siquiera
nos queda el silencio frente a la televisión, con todos los miembros de la
familia.
Chica lista, ya hay dos conclusiones: en un hogar
las personas están cerca y hablan entre sí.
No imaginen algo peor que un hogar sin esas dos
cosas.
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